"Sin instituciones justas, es difícil tener políticos confiables" 

"Sin políticos confiables, es difícil tener instituciones justas" 

El valor de la confianza. Es bueno que una sociedad manifieste su descontento cuando sus políticos les fallan. Pero cuando dicho enojo se extiende a las instituciones se produce una crisis grave. Según Margaret Levi, politóloga de la Universidad de Washington, la Argentina está en problemas no tanto por el desprestigio de sus dirigentes sino por la pérdida de confianza en las instituciones. Levi estuvo en Buenos Aires, invitada por la Universidad de San Andrés, para hablar sobre cómo recrear vínculos de confianza entre los ciudadanos y sus dirigentes. Coordina además el Proyecto Ciudadanía Global, surgido de las manifestaciones de protesta contra la globalización en Seattle, su ciudad de residencia. 
Fabián Bosoer. DE LA REDACCION DE CLARIN

Cómo es que valores tan propios de las relaciones interpersonales como la confianza o la desconfianza pueden jugar un papel tan central en la vida política, y en la relación entre las sociedades y sus dirigentes políticos?
—La confianza es algo que se da en gran medida entre individuos y requiere una cantidad considerable de conocimiento y de información acerca del otro. Cuando nos referimos al gobierno y su relación con los ciudadanos o su electorado, hablamos de "confiabilidad"; de ciertos atributos que dan a los ciudadanos o electores razones para creer que un gobierno actúa en beneficio de todos. 
· ¿Cuáles son esos elementos?
—En primer lugar, la existencia de un conjunto de instituciones que aseguren una actuación imparcial, sin favoritismos; que sus procesos sean justos, es decir, que distintas voces, que están representadas en la constitución política y tienen algo para decir, serán consideradas; que los individuos que se ven afectados por una política sientan que aun perdiendo, aun si su interés no es el que se impone, aun si su política no es la que triunfa, los procedimientos que se utilizaron para establecer esa política fueron legítimos y tendrán oportunidades en el futuro para cambiarla. En segundo lugar, un gobierno es confiable si además de ser relativamente imparcial y claramente equitativo es también capaz de hacer promesas que resulten sostenibles, tomar decisiones en las que la gente pueda pensar que no van a dejar de cumplir, que no van a usar el dinero en una forma inapropiada o corrupta. Esto requiere acuerdos que aseguren transparencia en el gobierno, capacidad para administrar y procedimientos que castiguen a los que incumplan sus promesas que sean susceptibles de ponerse en marcha de manera automática. 
· ¿Sería otra forma de referirnos al consenso de los ciudadanos en una democracia?
—Correcto. Todo gobierno democrático depende en gran medida de una ciudadanía que crea en grado suficiente que éste actúa en su favor: que los impuestos se usarán en bienes públicos, que la policía actuará en favor del bien común. Si los ciudadanos no tienen esa creencia, es muy poco probable que acepten activamente las obligaciones impuestas, y eso aumenta significativamente el costo del gobierno. Es imposible controlar a cada ciudadano, auditar cada declaración impositiva. Hay una gran cantidad de conformidad e incluso un consentimiento que, aunque no se vea, existe en los países que trabajan bien.
· ¿Podemos ver, entonces, la confianza entre gobernantes y gobernados como un medio necesario para conseguir otros bienes o fines sociales pero también, en cierto modo, como un fin en sí mismo?
—No creo que la confianza o un gobierno confiable sean un fin en sí mismo. Si las personas confían, si tienen un conjunto de creencias que les permite pensar que los otros van a actuar en su beneficio, eso les permite correr riesgos, tomar decisiones, colaborar, intercambiar, abordar distintas cuestiones y hacer otros tipos de elecciones importantes. Sin embargo, es posible también que si realmente hay confianza en los procedimientos, que aun los que disienten fuertemente o desconfían mutuamente, y creen que los otros pueden de hecho tener intereses antagónicos, podrán convivir y, más allá de los resultados, esa sociedad podrá funcionar mejor. Un ejemplo es Canadá, donde angloparlantes y francófonos nunca se llevaron bien, y sin embargo, el derecho está lo bastante protegido como para que el país funcione como una democracia ejemplar. 
· ¿Se pueden comparar situaciones tan dispares, de democracias arraigadas y economías desarrolladas, por un lado, y de democracias jóvenes e imperfectas (en el mejor de los casos), con economías emergentes o subdesarrolladas, por el otro? ¿No estamos en un caso hablando de valores propios de sociedades que alcanzaron cierto nivel de bienestar y en el otro de valores primordiales que no se han alcanzado o que resultan fuertemente cuestionados?
—No creo que un gobierno confiable esté nunca firmemente establecido. Obviamente, en países que se encuentran en proceso de edificar la democracia o lograr economías estables hay mayores problemas que en aquellos en los que esto se ha incorporado como normalidad. Pero si vemos lo que pasa aun en las democracias más antiguas y arraigadas del mundo, como la de Estados Unidos, o Gran Bretaña o Francia, tenemos muchos ejemplos en los que hay una ruptura grave en la confiabilidad del gobierno. Si vemos lo que pasa actualmente en Francia, con sus múltiples escándalos de corrupción; o en los Estados Unidos, donde está empezando a desarrollarse una disputa respecto de la guerra o de la intrusión en las libertades civiles que está quebrando la confianza de muchos ciudadanos en un gobierno que ya era cuestionado por la forma en que resultó electo, vemos, en fin, que la confiabilidad en un gobierno nunca es firme.
· ¿Dónde radicarían entonces las diferencias? 
—Es cierto que lo que distingue una situación de otra es que las instituciones, la justicia y los poderes pueden no ser igualmente fuertes, y a menudo lo esencial no es crear una confianza momentánea sino generar cierto tipo de acuerdos para que los ciudadanos puedan sentir realmente que pueden confiar en el gobierno, o que pueden depender del mercado sin quedar excluidos o sometidos a arbitrariedades. 
· La Argentina es actualmente uno de los casos de más fuerte cuestionamiento hacia la dirigencia política y resulta difícil distinguir entre la crisis terminal de nuestro Estado y la responsabilidad de los dirigentes por dicha crisis. ¿Cómo interpreta esta pérdida de confianza? 
—Creo que existen razones sobradas para que los ciudadanos no confíen en sus políticos ni en sus instituciones. Los argentinos han tenido, como muchos otros países, una serie de funcionarios y políticos que les fallaron, organismos internacionales que no ayudaron y que en muchos casos hicieron daño por sus recetas. Es muy sano, cuando las instituciones son fuertes, que los ciudadanos desconfíen de sus políticos. Una de las cosas que contribuye a una buena política es lo que se ha llamado "desconfianza institucionalizada". Si pensamos en la Constitución estadounidense, en los documentos federales, en la base de instituciones de ese país, hay una variedad de controles que hacen que aun un político que sea poco confiable no pueda hacer demasiado daño. Pero cuando también se quiebra la fe y la confianza en las instituciones se produce una crisis grave. Y allí parece ser que están ustedes. No hay demasiada confianza en los políticos, y está justificado. Y no hay demasiada confianza en las instituciones, y también está justificado. Y sin instituciones justas es muy difícil que puedan existir políticos confiables
· Pese a ello, aparecen o resurgen nuevos vínculos, formas de participación directa que se tenían por superadas.
—Es lo que puede esperarse en una sociedad donde todas las demandas a otras instituciones importantes dejan de ser confiables. No se confía en los bancos, no se confía en el gobierno. El ciudadano no sabe cómo guardar o recuperar su dinero. Entonces se empiezan a establecer relaciones personales y progresivas basadas en la reciprocidad, como las asambleas de vecinos.
· ¿Estas formas sociales de la confianza pueden desplazar a los mecanismos y relaciones políticas tradicionales?
—Sólo hasta cierto punto. Lo que se puede hacer a nivel gubernamental y a nivel económico y social desde ese tipo de redes es limitado. Nos limita a las personas que conocemos o que conocen nuestros amigos. Pero vivimos en sociedades a gran escala, que se apoyan en una enorme cantidad de confianza interpersonal. Por eso, el siguiente paso de las redes consiste en constituir algún tipo de organización más formal y extendida para esa confianza interpersonal, para reconstruir la confiabilidad, o para generarla por primera vez. Seguirán teniendo un particular sentido de pertenencia. Pero empiezan a apoyarse en algo más que los intercambios bilaterales. Es el caso de las asociaciones de crédito rotativo, por ejemplo, que existen en distintas partes del mundo, o de los muchos movimientos de ciudadanía global que emergieron como controles e interpeladores de los organismos internacionales, las empresas transnacionales y los gobiernos. 
· Los gobiernos tampoco la tienen fácil a la hora de encontrar un equilibrio entre las exigencias crecientes de confianza externa y las necesidades sociales. Pareciera que hay una contradicción insuperable entre lo que se les exige afuera y adentro.
—La Argentina se encuentra en una posición muy difícil en este momento. Pero creo también que los factores que volvieron a Argentina poco confiable a los ojos de los organismos y agencias de préstamo internacionales son los mismos que hacen poco confiables a los gobiernos a los ojos de sus ciudadanos. Les dieron grandes préstamos que podrían haber sido mejor invertidos, y tanto la comunidad internacional como la doméstica lo saben. Eso no significa negar que los términos de esos préstamos fueron problemáticos. No voy a adjudicar toda la culpa al gobierno argentino: el FMI merece una crítica considerable por los procesos, procedimientos y condiciones que pusieron. La comunidad internacional no puede negar su responsabilidad por lo que está pasando en Argentina, o lo que pasó en México antes. Pero al mismo tiempo es innegable que los gobiernos argentinos desde hace bastante tiempo no fueron todo lo responsables que debían ser, que las instituciones no desempeñaron su función asegurando que los intereses de los ciudadanos fueran protegidos. Que deban ser los mismos políticos de los gobiernos que contrajeron o abultaron la deuda quienes tengan hoy que negociar su alivio o la forma de evitar su pago es algo que no puede dejar de causar cierta perplejidad, fuera y dentro del país. 
· ¿Qué salidas imagina para este atolladero? ¿Cómo se hace para recuperar la confianza?
—Podrían ocurrir dos cosas —y podría estar totalmente equivocada, pero las diré de todas maneras—. Una es que haya alguna reconstrucción seria de los acuerdos institucionales, algo que se aproxime a la convenciones constitucionales, que aporte realmente un nuevo debate, una revigorización, un sentimiento de que estas instituciones son diferentes, que pueden reconstruirse piedra por piedra, de manera que den cierta credibilidad, razones para creer que van a actuar en dirección a satisfacer necesidades sociales. En segundo lugar, dado el rechazo existente hacia toda la clase política, debe surgir gente nueva. Es posible que deban formarse nuevos partidos políticos o que los partidos se reformen de manera profunda. Porque cuando no hay confianza en ninguna de las dos cosas, hacen falta nuevos acuerdos y nuevos actores. 
· ¿Y si estos acuerdos y actores no aparecen?
—Tampoco puede desconocerse que la Argentina tiene su historia de movimientos populares y se debe prestar atención a esa historia: hemos aprendido —y no es sólo una experiencia argentina— que el populismo irrestricto que permite la creación de un líder carismático puede ser muy problemático para el establecimiento de instituciones confiables. Se funda demasiado en individuos específicos y no en ideologías, ni en una diversidad de acuerdos institucionales bien elaborados. Lo que conviene es construir instituciones que tengan una base popular, que sean justas, que en los procedimientos que usan tengan en cuenta las diferentes opiniones, que representen el interés de toda la población, que permitan la participación, pero que no estén totalmente controladas. Las instituciones están para protegernos a todos y no sólo al liderazgo personal y su poder. Y nos protegen también de ir de la confianza excesiva a la desconfianza absoluta.

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