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La charada rusa Joseph Stiglitz es el azote de las instituciones
financieras internacionales. El éxito global de su libro lo lleva por todo
el mundo, difundiendo sus críticas con conocimiento de causa al Fondo
Monetario Internacional. En un extenso diálogo con Horacio Verbitsky el ex
asesor de Bill Clinton y ex economista jefe del Banco Mundial afirma que
nuestro país puede aprovechar de lo que llama la charada rusa, que aceptó
fondos del FMI para repagar sus créditos, pero ninguna condición a cambio
de ellos. También afirma que la Argentina arrancará sola o con ayuda de
América Latina y Europa, pero no del Fondo ni de los mercados de capitales.
Por Horacio Verbitsky
Si la Argentina no cumple el 9 de setiembre con los casi 3.000 millones de
dólares que debe pagar al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial
y el Banco Interamericano de Desarrollo, esas instituciones son la que
estarán en problemas. Así se lo dirá pasado mañana al ministro de Economía
Roberto Lavagna el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, quien acaba
de llegar a la Argentina para presentar su libro “El malestar en la
globalización”, un best seller mundial. Pero Stiglitz no es sólo un
académico interesado en la teoría económica. En la década pasada ocupó dos
cargos fundamentales, tanto desde el punto de vista técnico como del
político. Fue el economista jefe del Banco Mundial y el jefe de asesores
económicos del ex presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton. Esta es
la visión de Stiglitz sobre la situación económica argentina, las
responsabilidades por haberse llegado a este punto y las perspectivas de
salida.
–En su libro usted habla del fracaso del salvataje argentino del FMI. Es
una crítica dura al Fondo, pero en el contexto argentino parece un enfoque
ingenuo. Legisladores como Mario Cafiero y el mismo ex ministro de
Economía Jorge Remes afirman que el salvataje financió la fuga de
capitales, organizada por los principales bancos y empresas. Desde ese
punto de vista, no habría sido un fracaso, sino un éxito.
–(Se ríe ante la pregunta) Lo sucedido en la Argentina fue muy similar a
lo sucedido en otras partes del mundo. Aquellos que ganaron dinero y
gracias al FMI pudieron sacarlo del país en términos más favorables,
consideran que los salvatajes fueron un éxito. Pero desde un punto de
vista económico, para la sociedad en su conjunto, los salvatajes
permitieron mantener sobrevaluado el tipo de cambio, lo que a su vez
permitió que aquellos que sacaban su dinero recibieran más dólares por sus
pesos de los que hubieran recibido en un sistema de mercado. Los bancos
occidentales que prestaron retiraron su dinero cuando la cosa todavía
funcionaba, hasta que el sistema colapsó. El país quedó más endeudado, los
contribuyentes dentro del país tuvieron que pagar, la gente que sacó su
dinero no tuvo que pagar. Esto prolonga el problema e incrementa el
endeudamiento.
–La deuda pública argentina es de unos 150.000 millones de dólares y hay
depósitos e inversiones de argentinos en el exterior por unos 130.000
millones. ¿Hubiera sido posible esta fuga sin la complicidad del FMI y de
los países receptores de esos fondos?
–Hay dos aspectos de la cuestión. Por un lado, el FMI y el Tesoro de los
Estados Unidos presionaron a la Argentina y a otros países por lo que
llaman la liberalización del mercado de capitales, de modo de hacer más
fácil la salida del dinero del país. Si se establece que la regla del
juego es esta facilidad para sacar el capital, y si el sistema económico
no puede funcionar, porque la tasa fija de cambio nunca funcionó en ningún
lugar del mundo, lo que conviene es sacar el dinero y ponerlo en un lugar
más seguro. El segundo punto es que los salvatajes posteriores permitieron
sostener durante mucho más tiempo la sobrevaluación del tipo de cambio.
Incluso la gente que no pudo sacar su dinero primero, tuvo una segunda y
una tercera oportunidad para hacerlo después.
–¿Qué parte de la crisis imputa al FMI y cuál a los gobiernos argentinos?
–La responsabilidad fue pareja. Cada gobierno es responsable por seguir o
no con el FMI. No se puede absolver al gobierno por esa responsabilidad.
Además uno tiene que preguntarse qué políticas fueron la causa fundamental
del problema. Por ejemplo, la sobrevaluación del peso y el tipo fijo de
cambio, con el peso atado al dólar, que a su vez estaba sobrevaluado,
significan que el sistema no podía funcionar. Hubiera fracasado aunque
nohubiera habido nada de corrupción en el gobierno. La corrupción lo hace
fracasar antes y en peores condiciones pero aun sin corrupción hubiera
habido una crisis. El problema de fondo tenía que ver con el régimen de
convertibilidad que ató el peso al dólar. Otras políticas del FMI
agravaron la situación: la imposición de políticas fiscales contractivas,
de ajuste, en plena recesión; las privatizaciones mal hechas, lo cual hizo
que la Argentina, que ya era poco competitiva por su tasa de cambio, lo
fuera aún menos por los altos precios de la electricidad y de sus
servicios públicos. La privatización de la seguridad social, que desvió
hacia otro lado ingresos que de otro modo hubieran ido al Estado. No
hubiera estado tal mal, si las cuentas se hubieran manejado con
prolijidad. El FMI no sabía cómo hacerlo, o al menos no lo hizo. El
presupuesto hubiera estado equilibrado a no ser por esas privatizaciones,
que provocaron un déficit del 3 por ciento. Y entonces el FMI presionó aún
más fuerte para ajustar. Como Argentina hizo con sus privatizaciones lo
que al FMI le parecía “correcto”, entre comillas, el FMI la castigó
forzándola a aplicar medidas aún más recesivas.
–En Estados Unidos sería impensable ajustar en medio de una recesión...
–Hacen todo lo contrario. Ambos partidos, republicanos y demócratas,
estuvieron de acuerdo cuando la recesión de 1991, en que las medidas
tenían que ser expansivas, no contractivas. Y si se trata de comparar el
déficit, en 1992, en nuestra última recesión, si hubiéramos privatizado la
seguridad social como aquí, el déficit hubiera llegado al 8 por ciento del
PBI, el doble que en la Argentina.
–El Fondo Monetario reclamó a la Argentina que derogara la ley de
subversión económica, que castigaba el fraude empresarial, al mismo tiempo
que el presidente Bush enviaba al Congreso de los Estados Unidos una ley
para castigar esos mismos delitos. El Banco Mundial presiona para que se
apruebe una ley que proteja a las autoridades del Banco Central de su
responsabilidad penal. ¿De qué modo un país quebrado como la Argentina
podría librarse de estas condiciones irrazonables del FMI, que no tienen
que ver con los equilibrios macroeconómicos sino con la legislación penal
interna?
–Cada país es responsable de su propio marco jurídico y de la toma de sus
decisiones. En Estados Unidos está claro que hubo graves fraudes
empresariales y se ejercieron presiones políticas para que el gobierno no
hiciera nada. Cuando yo integraba el consejo de asesores de la Casa Blanca
presioné para que se modificaran las reglas contables, que hubieran
obligado a las empresas a responder por las acciones entregadas a sus
altos ejecutivos. Y esa es una de las causas de los actuales problemas...
–Eso en los Estados Unidos. En la Argentina el FMI presiona por
legislación que nos impida defendernos del fraude empresarial.
–En aquel caso los mercados financieros y el ministerio de Economía
hicieron todo lo posible para que no se implantaran mejores prácticas
contables. Tuvieron éxito. Las consecuencias para los Estados Unidos
fueron graves. A menudo, salvo cuando hay un escándalo público, los
mercados financieros tratan de protegerse.
–Es decir que la indignación pública y una prensa libre son importantes
para controlar los fraudes empresariales.
–Claro que sí. De no haber sido por la crisis de 2002 el problema de la
contabilidad empresarial nunca hubiera sido enfrentado en los Estados
Unidos. Wall Street y el ministerio de Economía resistieron esos cambios.
Le doy otro ejemplo. Después de la crisis de Asia Oriental en 1997 todos
decían que el problema era la falta de transparencia. Entonces se dijo que
no sólo se necesitaba transparencia en Asia Oriental, sino en todas
partes. Porque si en algún rincón fuera posible esconder algo, todo iría
hacia ese rincón. Eso quería decir que teníamos que hacer algo también
respecto de la banca offshore. De repente, el ministerio de Economíaperdió
todo interés en la transparencia. No lo decían así claro, pero lo que
decían era “queremos decir transparencia en Asia Oriental, no para nuestra
banca offshore”. Y cuando hubo una iniciativa para que la banca offshore
fuera más transparente, el ministerio de Economía de los Estados Unidos lo
vetó. Esto fue antes del 11 de septiembre. Sólo después del 11 de
septiembre descubrieron que esa banca offshore que había sido usada para
el narcolavado y la evasión impositiva, para la corrupción, también servía
para financiar el terrorismo. Sólo entonces el gobierno de los Estados
Unidos cambió de posición.
–Hasta la década de 1970 la Argentina fue la sociedad más integrada de
América Latina. Hoy, la mitad de su población está por debajo de la línea
de pobreza. ¿Qué le sugiere este dato, en términos de desarrollo y
estabilidad económicos?
–Es imposible separar las consideraciones económicas de las políticas y
las sociales. Por ejemplo, en partes de Latinoamérica, en los Andes, en
Colombia, donde el desarrollo dejó grandes cantidades de desocupados,
violencia urbana y guerrilla. Sin eso habría un ambiente mejor para los
inversores. En la situación actual hay otros lugares en el mundo donde
pondrán su dinero. Los ejecutivos no serán secuestrados y el resultado
será el crecimiento. No se puede tener crecimiento económico de largo
plazo que no sea inclusivo, que abarque a todos los miembros de la
sociedad. Las estrategias que se centran en lo que estrechamente
consideran económico están erradas. Hay una relación clara entre las
políticas seguidas y el empobrecimiento. Cuando se abren las puertas a las
importaciones y al mismo tiempo se elevan las tasas de interés y las
instituciones financieras no funcionan, no se crean los nuevos trabajos
sino que se destruyen los viejos. La teoría de la globalización comercial
dice que se desplazarán personas de trabajos menos productivos a trabajos
más productivos. Y todo el mundo se beneficiará. Si fuera así todos se
beneficiarían. Pero lo que ocurre a menudo es que se pasa de empleos de
baja productividad a la desocupación abierta. Y eso es peor para los
individuos y no tiene nada de bueno para la sociedad. La desocupación es
productividad cero. Y pasar de baja productividad a productividad cero no
ayuda a nadie.
–Un científico social brasileño, Moniz Bandeira, escribió que la dureza
del FMI con la Argentina tiene el objetivo de deteriorar a Brasil y al
Mercosur y así promover el Area Libre de Comercio de las Américas, es
decir los intereses comerciales de los Estados Unidos. ¿Le parece
factible?
–Tal vez no sea la razón principal, aunque puede ser parte. Oigo otro tipo
de explicaciones, incluso por parte de ex funcionarios del FMI. Su
hipótesis es que es muy importante enseñarle a otros deudores que si
incurren en default el castigo serán muy pesado. Un chiste dice que el FMI
no puede aceptar un sí como respuesta. Cada vez que la Argentina acepta
alguna condición, el FMI le levanta la barra. La dureza se propone hacer
entender a los deudores que el precio del default es muy alto.
–El 9 de setiembre vencen compromisos de la Argentina con el Fondo, con el
Banco Mundial y con el BID por casi 3.000 millones de dólares. ¿Qué
ocurriría con esas instituciones y con el país si la Argentina no pagara
el 9 de setiembre?
–Obviamente a nadie le gusta el default. Es dañino. Pero lo que hay que
entender es que Argentina no va a recibir flujos efectivos de capital
desde afuera. Esto es común para todos los países en la situación
argentina. Las negociaciones no son para obtener dinero de esas
instituciones para la Argentina, sólo para discutir cuánto enviará la
Argentina a Washington. Cuando se entiende esto se advierte que la
Argentina está, o debería estar, en una posición negociadora de fuerza. El
daño de esta coyuntura para los balances de estas institucionesfinancieras,
si no renegocian y vuelven a prestar, sería más grave que para la
Argentina, que de todos modos no va a obtener más dinero. La puesta en
marcha de la economía argentina dependerá de lo que ocurra aquí, no de un
dinero que simplemente vaya de Washington a Washington. En el caso del
default ruso, los rusos lo entendieron bien y le dijeron al FMI: “Si nos
prestan dinero para que les paguemos a ustedes, muy bien. Aceptamos. Pero
hay que ser claros, no vamos a matar nuestra economía sólo para que
ustedes puedan prestarnos plata para que nosotros se la devolvamos a
ustedes”. Lo interesante de aquella situación fue cómo incluso el FMI fue
muy abierto sobre el carácter de la charada. Luego de entregar creo que
40.000 millones de dólares, el FMI dijo: “Ni un centavo de nuestro dinero
irá a Moscú, el dinero quedará aquí en Washington”. Fueron muy claros en
el sentido de que ese dinero no era para ayudar a Rusia, sino al FMI para
que el default no apareciera en su balance.
–¿La Argentina tiene condiciones para endurecerse como Rusia?
–Rusia estaba en una posición distinta, era una potencia nuclear, era
consciente de eso y lo usó. Pero lo que es importante entender es que todo
el debate es acerca de cuánto dinero la Argentina está dispuesta a enviar
a Washington. Cuando se entiende eso, toda la retórica sobre tener acceso
al mercado de capitales, es falso, irrelevante. Los capitales no volverán
a la Argentina hasta que la economía argentina arranque y sólo podrá
arrancar por sus propios medios. Podrá tener ayuda de otros países
latinoamericanos, de España, de Europa, pero no del FMI.
–En su libro usted habla de las externalidades, los efectos que los
acontecimientos de un país tienen en otros. ¿La larga recesión argentina,
puede tener un impacto negativo global? Y en tal caso, ¿sería posible que
el país obtuviera alguna ventaja de esa externalidad?
–La mayor externalidad que ha tenido la crisis argentina ha sido en el
pensamiento de América Latina y de otros países. Es el reconocimiento de
que la Argentina era el mejor alumno del FMI, el que hacía todo bien, y
sin embargo las reformas no funcionaron. Además, cuando las cosas andaban,
el FMI elogiaba a la Argentina, cuando empezaron a ir mal pegaron media
vuelta y se convirtieron en grandes críticos. Lo que no quieren decir es
“manejamos mal las privatizaciones, nuestras políticas fueron equivocadas,
no prestamos atención a los pobres”. Quieren hacer lo mismo que hicieron
en Asia Oriental, acusar a la víctima. Eso es la política que siguen, una
y otra vez.
–El ministro de Economía de Estados Unidos, Paul O’Neill, dice que su país
no puede ayudar a la Argentina con el dinero de los carpinteros y los
plomeros norteamericanos. ¿Eso es algo más que una tontería?
–Es una pura tontería. Desgraciadamente tal vez él ni siquiera entiende lo
que pasa, lo cual es más grave. El hecho es que casi siempre los créditos
del FMI son devueltos, a veces con demora, pero casi siempre, y los
contribuyentes norteamericanos no corren riesgos. Son los carpinteros y
los plomeros argentinos los que deberían estar furiosos.
–Lo están.
–Son los que han sufrido las políticas contractivas impuestas por el FMI,
que agravaron las cosas. Después de alentar una tasa de cambio condenada
al fracaso, una privatización que empeoró el déficit del presupuesto sin
advertir sobre esas consecuencias, una privatización que incrementó los
precios de los servicios públicos, ahora empiezan a acusar a la víctima. Y
el Tesoro de los Estados Unidos, que es el único que tiene poder de veto
en el FMI, dice que los contribuyentes norteamericanos pagan el costo. Eso
debería enfurecer a los argentinos.
–En una nota al pie de su libro menciona el impuesto Tobin a las
transacciones financieras. ¿Cuáles cree que son sus méritos y
posibilidades? –El impuesto Tobin plantea dos principios importantes. Uno,
que en esta época de globalización, de migraciones masivas, hay necesidad
de una mayor acción colectiva, del mundo como una sociedad global. Eso
requerirá dinero y tenemos que pensar en formas de conseguir ese dinero
mejores que las que tuvimos en el pasado. Segundo, que tratándose de una
cuestión impositiva es mejor gravar cosas malas que buenas. Es mejor
gravar la polución, los flujos de capital que causan enorme inestabilidad
y autodestrucción en tantos países. El tema más difícil es diseñar un
impuesto Tobin que funcione. Porque otro principio tributario es que un
impuesto que no puede implementarse en forma efectiva puede ser peor que
su ausencia, porque puede causar enormes distorsiones en la economía.
Tenemos que recordar que los mercados financieros son muy hábiles y
estamos conviviendo con algunas de las consecuencias de eso. Por eso
llevará mucho trabajo el diseñar un impuesto Tobin que funcione.
–Conceptualmente usted es entonces más tobinista que el propio Tobin.
–Sí. El tema es hacerlo funcionar.
Fuente Página 12
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